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En el rey Ezequías comenzó un avivamiento que paulatinamente se fue transmitiendo, primero a los levitas y sacerdotes, y después a los príncipes y al resto del pueblo. Comenzaron así unas reformas que partiendo de Jerusalén se fueron extendiendo por todo el reino de Judá. Así el amor de ellos hacia Dios se manifestó en dos formas: diciendo no a todo lo que Dios prohíbe, y diciendo sí a todo lo que Él ordena. Esto fue así porque no hay auténtica adoración sin obediencia. Ellos experimentaron que cuando amamos a Dios “sus mandamientos no son gravosos.” 2 Crónicas 30:1-31:1.