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De todos es conocida la trágica historia de Job con esa sucesión ininterrumpida de catástrofes que lo dejan postrado en un profundo dolor, no sólo físico, sino especialmente anímico. Sus amigos se ponen de acuerdo para ir a visitarlo con el fin de consolarlo y compartir su dolor indecible. Comenzaron bien esta labor, muy bien de hecho. Se sentaron con él en el polvo de la tierra y allí le acompañaron en un ensordecedor silencio durante siete día. Es una lástima que cuando decidieron abrir sus bocas echasen a perder la buena labor que como consoladores habían comenzado los días previos. Todos necesitamos amigos, especialmente en los momentos de pérdida y sufrimiento. Pero desgraciadamente, ninguno somos amigos perfectos de nuestros amigos. ¿No hay ninguno que sea un amigo perfecto? ¿Uno que nunca falle? Job 2:1-13.