RÍOS DE AGUA VIVA

– Vida en su Nombre 18 –

Hay un mundo de diferencia entre sólo saber o entender y además de saber, gustar, saborear. Cuando gustamos la grandeza, la belleza, la misericordia, el amor, el perdón de Dios de manera personal y experiencial, entonces es cuando se produce el cambio, la transformación. Se puede tener la cabeza llena de datos sobre quién y cómo es Dios, y sin embargo no conocerle en absoluto, como le pasaba a los fariseos y a los líderes religiosos que se enfrentaban con Jesús. Él les habla bien claro, “no sabéis de dónde vengo, ni quién es el que me envía.” Jesús hace una afirmación apabullantemente sorprendente en el último día de la Fiesta de los Tabernáculos. El día en que el sumo sacerdote derramaba el agua en libación a Dios mientras el pueblo recitaba Isaías 12:3. Él afirmó: “El que tenga sed, venga a mí y beba.” Juan 7:25-52.

LOS PECES SON LO DE MENOS

Entramos hoy a considerar el conocido hecho portentoso de la pesca milagrosa. Pedro, Andrés, Juan y Jacobo, y seguramente muchas otras personas que se habían juntando aquel día para escuchar la Palabra de Dios de la boca de Jesús, fueron testigos de algo que los llenó de asombro. Seguramente algunos sólo vieron el milagro en el hecho extraordinario de la inmensa cantidad de peces que aquellos pescadores sacaron del lago aquel día. Pero algo infinitamente más importante y trascendental ocurrió en los corazones de Pedro, Andrés, Juan y Jacobo. Desde aquel día en adelante ya no fueron los mismos. Lucas 5:1-11

ALZAD LOS OJOS

Cuando los discípulos vuelven de Sicar con la comida, se encuentran a Jesús hablando con una mujer samaritana. La sorpresa inicial por tan inusual proceder de Jesús da paso a una mayor extrañeza cuando comprueban que Jesús se niega a comer. Los discípulos no comprenden al Maestro y muestran su inmadurez y su falta de visión espiritual en todo este asunto. La misma inmadurez y falta de visión espiritual que experimentamos aquellos que nos identificamos como discípulos de Jesús en muchas ocasiones. En cambio, es de admirar la sencillez, la humildad y la pronta disposición de los samaritanos hacia Jesús cuando le rogaron que se quedase con ellos. Nosotros podemos pensar que aquellos que nos rodean aun no están listos para recibir el Evangelio y al Señor del Evangelio, pero Jesús nos dice como entonces “Alzad vuestros ojos y mirad que los campos están listos para la cosecha.” Juan 4:1-42.

SI TÚ SUPIERAS…

Hoy la Palabra nos lleva al capítulo cuatro de Juan. Allí asistimos al encuentro de dos personas sedientas. Ambas tienen sed física, pero mucho más importante, tienen una profunda sed espiritual. Por un lado la samaritana busca algo que sacie su sed interna de felicidad, de realización, de paz, de significado. Por otro está Jesús, cuya sed por cumplir con la voluntad del Padre le ha llevado hasta Sicar, un remoto lugar de Samaria aparentemente olvidado de Dios. Escucha con atención la profunda conversación que se entabla entre estas dos personas sedientas de muy distintas cosas. Si miras sincera y genuinamente en lo más profundo de tu corazón, encontrarás esa misma sed que vemos en la samaritana. Y si abres bien tus oídos y tu corazón, también podrás encontrar el manantial de agua viva que ella encontró aquella gloriosa tarde. Juan 4:1-29.

¡QUE ÉL CREZCA!

Los discípulos de Juan el Bautista informan a este de que el pueblo se está yendo con Jesús y que sus seguidores van en aumento, mientras que los del Bautista disminuyen cada día. Esto los llena de perplejidad y piensan que la obra de Dios se está dividiendo y, por lo tanto, temen que se malogre. Sin embargo, Juan demuestra tener una visión muy distinta a la de sus discípulos y les asegura que es todo lo contrario a lo que ellos piensan. Lo justo, lo correcto, lo que Dios espera es precisamente lo que está ocurriendo, que la popularidad de Jesús crezca, mientras que la suya mengüe. Y es que Juan tiene muy clara cuál es su identidad, cuál es su labor y cuál es el lugar que debe tener Jesús en el crecimiento y desarrollo del Reino de Dios. En lugar de entristecerse por estas noticias, Juan se alegra porque su fe está correctamente depositada en la voluntad de Dios. Juan comprende que su tiempo se acaba y obedientemente se echa a un lado, para que sea Jesús quien brille y quien reciba todo el honor. Así precisamente es como debe ser. Juan 3:22-36.

EL HIJO-DESCANSO

Lamec, el padre de Noé profetizó que su hijo traería descanso al mundo de su tiempo que estaba lleno de violencia, injusticia y toda impiedad. Y Dios ciertamente trajo descanso a la tierra erradicando todo mal de ella en los tiempos de Noé. Pero él no sería quien traería el auténtico, definitivo y real descanso a este mundo que vuelve a estar lleno de violencia, injusticia y toda impiedad. Hay Otro, que trae y traerá el descanso total y definitivo que erradicará todo lo malo, todo lo injusto, todo lo que desagrada a Dios. Hay un único Hijo que será Consuelo y Descanso para millones de almas cansadas y trabajadas. Génesis 5:28-32.

CRISTO, EL DIOS HOMBRE

Dentro de la fe cristiana hay un conjunto de creencias (doctrinas) que se consideran básicas y fundamentales para que esa fe sea realmente tenida por auténticamente cristiana. Hoy, de la mano de nuestro hermano Will Graham nos adentramos en una de esas doctrinas capitales de nuestra fe, la doctrina de Jesucristo, el Dios-Hombre. Ya en el siglo I fue atacada por varias corrientes de pensamiento y filosofías, especialmente desde el mundo helénico. El apóstol Juan escribió su primera epístola con la intención clara de refutar esas corrientes heréticas y dejar bien establecido quién es y cuál es la función de Jesús, la segunda Persona de la Trinidad que tomó cuerpo humano y vivió entre nosotros durante 33 años.
1 Juan 1:1-4