VIVE COMO UN RESUCITADO

Es peligroso intentar vivir creyéndonos alguien que no somos. Por otro lado, también es una desgracia vivir como un miserable, cuando en realidad eres un hijo/a de Dios. Hoy recibimos un llamado a centrar nuestra vida en lo realmente importante, en lo que da sentido y significado a nuestra vida como hijos/as de Dios. Colosenses 3:1-6.

DEL LLANTO AL CANTO

El apóstol Juan lloraba al ver que nadie podía abrir el libro ni desatar sus sellos, en la visión que tuvo durante su arresto en la isla-cárcel de Patmos. Años atrás, también los otros discípulos de Jesús un viernes de Pascua lloraron amargamente al saber de la crucifixión y muerte del Maestro. El sufrimiento, el dolor y el llanto que estos nos producen son inherentes a la vida; pero debemos ser capaces de levantar nuestra mirada de las circunstancias dolorosas, para mirar las realidades eternas que están más allá de esos momentos tristes. Solo tres días fueron suficientes para cambiar el llanto inconsolable de los discípulos, en un canto de jubilosa alabanza. Jesús resucitó, y ese hecho cambió para siempre sus vidas. Apocalipsis 5:5-13.

MUERTO Y RESUCITADO

En el pasaje que hoy meditamos, al final del capítulo 4 de la epístola a los Romanos, Pablo nos dice literalmente que Jesucristo fue «entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación». ¿Qué implicaciones tienen para nuestra fe estas dos afirmaciones del apóstol de los gentiles? Romanos 4:22-25.