¡ALELUYA!

El Salmo 113 es uno de los cantos que tradicionalmente se cantaban durante la Pascua en Israel. En él encontramos un mandato y las razones para obedecer ese mandamiento. Exploramos el significado profundo de la palabra «aleluya» como una aclamación a Dios, contrastando su uso común y a veces vanalizado con su verdadero sentido de alabar al Señor con auténtico fervor. Aprendemos que la alabanza debe ser una forma de vida constante, no limitada a momentos específicos. Entraremos en la singularidad de Dios, quien en su grandeza se humilla para acercarse a su creación, especialmente a los humildes y más necesitados. Utilizando las ilustraciones del muladar y la mujer estéril del salmo, el pastor conecta estas ideas con la obra de Cristo en el Evangelio, quien se humilló para elevar a los que estaban en la miseria del pecado y hacerlos parte de la familia de Dios, instando a los creyentes a ser conscientes de esta realidad y a vivir una vida de alabanza sincera. Salmo 113:1-9.

PADRE, TE RUEGO

– Vida en su Nombre 44 –

Jesús comienza su oración en el huerto de Getsemaní orando por sí mismo y le pide al Padre que lo glorifique con la gloria que tuvo antes de que el mundo existiese, para que a su vez Él glorifique al Padre. Después pasa a orar por los suyos, y le pide al Padre tres cosas. En primer lugar que no los quite del mundo, sino que los guarde del mal. En segundo lugar que los santifique en su verdad, que los confirme en la verdad que Él ya les ha entregado por su Palabra y que así guarden la unidad del Espíritu. Y en tercer lugar, que les conceda la felicidad absoluta, es decir, que les dé su gloria. Para que ellos estén donde Él está y su gozo sea completo. Juan 17:1-26.

GUARDA LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

La unidad, aunque es una realidad orgánica ya consumada en Cristo, requiere un esfuerzo activo («solícitos en guardar la unidad») por parte de los creyentes. Entramos a considerar las virtudes necesarias para mantener esta unidad: humildad, mansedumbre, paciencia y amor, contraponiéndolas al individualismo y al orgullo. Además, se describe la unidad mediante siete realidades inmutables compartidas por todos los auténticos creyentes: un cuerpo, un espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, y un Dios y Padre de todos. El propósito es exhortar a la congregación a vivir una vida congruente con su identidad en Cristo, superando las divisiones y cultivando un amor genuino para reflejar la unidad que hay en Dios mismo. Efesios 4:1-6.

BIENAVENTURADOS LOS QUE HABITAN EN TU CASA

El Salmo 84 es uno de los más leídos y queridos de la Biblia. Los creyentes que a lo largo de la historia han encontrado en él aliento, fortaleza y consuelo son innumerables. Hoy entramos a considerar una de las tres bienaventuranzas que aparecen en este canto. Hay verdades profundas en ella que necesitamos analizar y aprehender. ¿Eres tú, soy yo Iglesia? ¿Qué es, dónde está la Casa del Señor?

LA ORACIÓN MÁS SUBLIME 6

Seguimos hoy estudiando la tercera petición que realiza Jesús en su oración sacerdotal, la relacionada con la unidad de su Iglesia. En el mensaje anterior entramos a considerar cinco aspectos de esta unidad: su naturaleza, el motor de la misma, su extensión, el fundamento que la sustenta y su manifestación. Hoy veremos tres aspectos más de la misma, a saber, su desarrollo, su propósito y su permanencia. Además también analizamos qué tres pecados son los que atentan más frontalmente contra la unidad que debemos guardar y proteger. Juan 17:20-23.

LA ORACIÓN MÁS SUBLIME 5

Continuamos analizando la oración de Jesús en Getsemaní y nos adentramos hoy en su tercera petición – que sean uno -. Estudiaremos ocho aspectos de esta petición, pero hoy solo veremos los cinco primeros. ¿Cuál es la naturaleza de la unidad que Jesús solicita? ¿Cuál es el motor que la impulsa? ¿Qué extensión abarca esa unidad? ¿Cuál es el fundamento sobre la que se sustenta? ¿Qué manifestación podemos observar en esa unidad solicitada por el Hijo al Padre en esta oración sacerdotal? Las respuestas a estas preguntas tienen poderosas implicaciones para nuestra fe y nuestra vivencia diarias. Juan 17:20-23.